Marcado por dos incidentes desafortunados transcurrió mi fin de semana. Ya ojeando algunos apuntes y actuando de manera responsable ante mis proyectos invierto cada vez más tiempo en el futuro más inmediato que en pocos días me adentrará en el corazón de mi ciudad para después llevarme lejos de ella. Impaciente, sin remedio, empleo mis horas en formular planes y visitas que me regalan ánimos y, sin paciencia también, exijo la llegada de marzo con avidez. La ilusión que me proporciona mi futuro junto con la estabilidad emocional que disfruto en el presente dan como resultado un febrero nada frío, a pesar de las inclemencias meteorológicas, y muy activo que reafirma la mayoría de mis capacidades. Es el mes de la recuperación post-exámenes, del retorno a los demás ámbitos. De la tranquilidad en mi interior y del ajetreo exterior que, ahora más que nunca, me apetece enormemente. Por delante: una tarde soleada de domingo junto a él, la única misión de seguir construyendo sueños y la seguridad de que algún día, afortunadamente, podamos cumplirlos.