domingo, 16 de enero de 2011


En mi última práctica de laboratorio aprendí lo que ocurre cuando activas un interruptor. Como la energía fluye y te proporciona el resultado esperado. Su función, básicamente, es abrir y cerrar el circuito; permitir o impedir el paso de electrones. Activar el paso de corriente, en mi caso, ya no depende de mí. Has robado, con esfuerzo, la capacidad de decidir cuando la emoción llega a mis cosquillas o cuando mi risa se eleva al enésimo exponente. Has obviado los límites a la hora de calcular la tensión que mi cuerpo puede aguantar e igualaste la diferencia de potenciales para llegar al equilibrio. En este sistema monofásico, en el que los nodos tienen nombres propios, la facilidad de intercambio verbal, sentimental, física y sexual ha sido programada con cautela para estallar cuando precise y recomponerse en función del tiempo. El amperímetro, conectado en la base de nuestra relación, marca valores variables dependiendo de la ocasión; Alcanza niveles altos, roza mínimos, encuentra el equilibrio... Pero nunca, nunca, marca valores negativos. No está diseñado para eso (¡¡Y no saben cuánto me alegro!!).



Un rompecabezas
disfrazado de princesa...
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Cojan una caja, no muy grande, y metan en dosis pequeñas las nueve cosas que más os gusten. No tienen por qué ser materiales (en la mía había hasta un viaje) y ciérrenla. Pónganle un lazo rojo, bonito y no le cuenten a nadie su contenido. Imaginen que un día alguien, volcado en su felicidad, se la entregara. Acertara cada detalle y superara, incluso, las expectativas. Cuando eso ocurra, alégrense. Y no lo digo por los nueve regalos, si no porque ya se acabó la búsqueda. Han encontrado a su mitad :)