jueves, 6 de mayo de 2010

Apartamento de colores

Amanecí con una sudadera de hombre que me llegaba hasta las rodillas. Era tarde y los rayos del insistente sol golpeaban mi almohada. Caminé con los pies descalzos hacia la nevera, vacía, como cada sábado de final de mes. Todavía dormida, y con el estómago pidiendo ayuda, me deshice de la única prenda que me vestía y dejé que el chorro de agua caliente me despertara. Algo más de 10 minutos después, numerosos litros de agua y un gel casi agotado mi pequeña y chata nariz, y mi descuidado estómago, percibieron un dulce olor a creps. Abracé mi cuerpo con una suave toalla roja y, empapada y cegada por aquella sensación, me dirigí hacia la cocina dejando un fino rastro de gotas de agua que descendían desde mi pelo. Con los ojos atónitos y la sonrisa perfilada te encontré; - No quería despertarte pequeña, se terminó la leche y tuve que bajar a por ella - Estabas guapísimo. Vestido con aquel pantalón deportivo a cuadros y la camiseta blanca que resaltaba tu tez morena. Concentrado y con las manos llenas de harina, te acercaste manchando mis labios para después limpiarlos con los tuyos. - Esto ya casi está - Dijiste a la vez que me acercabas un plato con dos deliciosos creps y el sirope de chocolate. Sonreí. Volví a hacerlo, y hubiese repetido dicha acción si tú, juguetón y divertido, no hubieses llenado mi boca con aquella delicia. Aún en toalla, disfruté de aquel desayuno y de tu presencia. Me conocías. Sabías como hacerme feliz, y como deshacer el nudo de mi toalla para desprenderme de ella. Sin nada que me cubriese... Huí. Y sabiendo que vendrías detrás mia, elegí nuestra cama como escondite.