Sonríe, y los ojos se le iluminan tanto como el sol de Julio. Se acerca, regalándome ese olor tan característico que me provoca un escalofrío de color sacado del jardín más precioso de Holanda. Me cuenta; mueve las manos como si tocara algún instrumento invisible y me hace suya con la melodía. Se explica; y en el reflejo me veo mordiéndome el labio, comiéndomelo con la mirada y pensando que sería una tarde sin su compañía, más de un día, de una semana... O toda la vida.