Tampoco pedía tanto, sólo queria ser feliz y sólo yo sabía que debía hacer. Nunca fué exigente, se contentaba con verme a diario e invertir ese tiempo en sonrisas. Cuando estábamos juntos, sus ojos hablaban solos. No sé si conocen esa sensación de querer demostrar, decir, enseñar algo y que las palabras sean insuficientes para tanta genialidad de sentimientos. Aquella tarde volvió a hacerlo, salió del mar de anécdotas en el que nos encontrábamos para fijar sus ojos en mí. Yo le contestaba con sonrisas, y él, deseoso de demostrar mucho más, susurró: - Lo eres todo-.
Tus ojos son los culpables de mi locura.
Mi corazón se acelera cuando te marchas.